Ser apasionado bajo el más cruel de los fríos africanos es cuestión
de valentía y casta guerrera. Lidiar con una temperatura que entume los
dedos y que provoca ardor en la cara invita a meter las manos a los
bolsillos, a escudarse en el rincón más tranquilo de los pensados por
Benedetti y a no pensar en nada más que sobrevivir sin disfrutar, a
decidir que la supervivencia es lo único y que lo demás, ya sea trabajar
o jugar, es un elemento suntuoso que no tiene cabida en condiciones
climatológicas extremas.

Blatter, el dictador que conduce los destinos de la religión con más
seres humanos auténticamente entregados alrededor del mundo, diseñó sin
pensar un escenario que confronta a México con muchos de los males a los
que tanto tememos y a los que hoy tendremos que vencer para sentir que
seguimos vivos en una fiesta en la que irse rápido implica la desazón y
el rotundo fracaso. Si se fracasa en el partido de hoy, seremos como el
joven fiestero que es retirado del lugar minutos antes de que explote el
auténtico carnaval de emociones, tiempo antes de que el DJ ataque con
furia para iniciar el nudo del festejo.

Nuestro paradigma de victoria no contempla el frío, tampoco jugarse
la vida con Francia durante noventa minutos. Se nos ha enseñado que el
Tri acostumbra cosechar resultados positivos en un clima templado y que
aunque juegue su mejor partido, suele terminar cayendo derrotado ante
los gigantes en apuro. Estos estereotipos tendrán que ser quebrantados
en unos cuantas horas. Al menos por 90 minutos, y sobre la cancha de un
estadio que en su nombre lleva inscrita la esencia de una lucha por
romper con lo establecido, tendremos que olvidar los cálidos festejos
sobre el Azteca para aprender a vivir con una atmósfera distinta, en la
que la cerveza no se antoja porque implica una alta posibilidad de
querer ir al baño y en la que lo único caliente será la raza de unos
jugadores llamados a defender los sueños en torno a una Selección que
atravesará uno de los procesos de certificación más complicados que se
podían dar en la fase de grupos.

El destino del anochecer sudafricano está en manos de Aguirre y los
suyos. En el helado aire nocturno de Polokwane, existe la posibilidad de
terminar muriéndonos de frío, con las manos en los bolsillos y con la
cabeza gacha, como queriéndonos esconder por supervivencia y por baja
autoestima, pero también, la de sentir calor, la de esbozar sonrisas que
ignoren el clima, la de decirnos a nosotros mismos, con una vestimenta
que resulta inusual para nuestro entorno, que hemos destrozado nuestros
vicios y que el frío, el rival, y demás condiciones adversas no
sirvieron más que para hacer más grande una victoria de muy altas
proporciones.

Ahí estamos, expectantes todos los mexicanos. La fiesta apenas
comienza, y aunque tenemos el presentimiento de que podría terminar
antes de lo previsto, sostenemos la copa con esperanza y creyendo que es
cuestión de tiempo para que explote la música, aparezca el baile y
emerja la alegría que rompa con un frío infierno que resulta tan
desalmado como amenazador, pero al que hoy, queremos pensar, nos
impondremos.

Crucemos los dedos, aunque estén dentro de los bolsillos o inmersos
en unos guantes que impiden hasta escribir con rapidez, pensemos que hoy
no se impondrá la mano negra de Henry, que los astros de Domenech son
cosa de locos y no de técnicos, y que la contundencia tricolor -por acto
de magia o no, dependiendo de como se le quiera ver-, surgirá después
de largo tiempo de no contar con ella.

En diez o quince años, cuando empiece a pedirle al tiempo que vuelva,
me gustaría recordar el histórico día en que la Selección Mexicana por
fin pudo derrotar a Francia en la Copa del Mundo. Frente a los galos
inauguramos la Copa del Mundo y nos dieron soberana paliza; hoy, así lo
veo yo, no se inicia el más grande torneo balompédico, pero sí que se
puede inaugurar una realidad en la que las derrotas honrosas dejan de
ser objeto de presunción lavolpiana para dar pie a la consumación de
hazañas y a la novela épica en medio del glacial infierno sudafricano,
por contradictorio que resulte.