¿Cómo explicar la tristeza en medio de una clasificación soñada por
muchos que ni siquiera pudieron acudir a la Copa del Mundo? Describir lo
que siento es chocar contra uno de los tantos traumas que el futbol nos
ha generado a lo largo del tiempo. Hoy, sufrimos por la derrota ya
ocurrida, pero en el fondo, nuestro verdadero lamento es porque sabemos
lo que vendrá, porque nuestro corazón nos dice que México puede
imponerse, pero en nuestra cabeza está bien tatuado el sentimiento de
que para la Selección sí hay quinto malo y que el solo hecho de haber
elegido enfrentar a la Argentina de Diego Armando Maradona que a un
rival de menor arraigo implica la edificación de una historia tan
repetida como conocida por quienes cada cuatro años intentamos decirnos
que la historia cambiará de una vez por todas.

No es que sea pesimista. Puede que mañana me despierte con ánimo
renovado y creyendo que la terquedad de medirnos a la albiceleste no fue
más que un plan con maña de los jugadores para después entregarnos una
alegría de tamaño monumental, pero, honestamente, lo dudo. ¿Y por qué
digo que elegimos a Argentina? Porque México no fue ni la sombra de lo
que había mostrado, porque los guerreros del partido ante Francia
salieron disfrazados del típico jugador latinoamericano del montón y
porque, en definitiva, sólo así puede explicarse que hayamos hecho todo
lo que estaba en nuestras manos para que el destino presentara la
oportunidad de vengarnos apenas cuatro años después.

Quizás, he de reconocerlo, los medios de comunicación y los
aficionados hemos contribuido a construir esta filosofía extrema que
oscila entre la alegría y la tragedia sin previo aviso. Acepto que me
emocioné por el triunfo ante Francia y que, en esos momentos de
algarabía, mi ímpetu solicitaba que el destino nos pusiera a Argentina.
Tras la derrota, el ímpetu es inexistente, temo a los argentinos, pero
más a nuestra terca postura de recordar y hasta presumir victorias
honrosas, de esas que tenemos muchas, pero que valen para que La Volpe
se siga vendiendo como el estratega que México necesita para alcanzar
los máximos niveles del futbol.

Por como me siento, parece que no niego la cruz de mi parroquia.
Soñé, aunque en mis intervenciones para televisión y en este portal
siempre fueron de calma y serenidad, en que la Selección estaba para ser
historia. Me equivoqué. El estate quieto ha sido abrumador. Ahora,
espero estar equivocado, que el futbol me vuelva a dar una cachetada con
guante blanco y que Aguirre inscriba su nombre con letras de oro en la
historia de nuestro balompié, aunque vaya y lo festeje donde sí se
siente seguro y alejado del “jodido” país que lo vio nacer.

La Copa del Mundo, más que cualquier otro acontecimiento programado,
nos hace vivir en dos realidades: la del corazón y la de la razón. En
estos momentos, la del corazón está herida, en un estado de coma que
empieza a reconstruir ese escudo que, como en el amor, protege de
inminentes decepciones. En cuanto a la de la razón, sólo diré, como
Aguirre en conferencia de prensa, que el futbol es de once contra once,
dura noventa minutos y cualquiera puede ganar, incluso México, que
jugará contra el talento de Messi, el genio de Maradona y, más
importante aún, con esa terrible costumbre de crear traumas como casi
ningún otro futbol en el mundo.

Anuncios