Hyrule OoT
Para ser sincero he de decir que la primera vez que jugué a Ocarina of Time lo hice sin muchas ganas. Mi última experiencia con un Zelda había sido dos generaciones atrás, con el (infame) Adventure of Link de NES y, la verdad, no tenía una imagen muy buena de la saga. Recuerdo lo poco que, tanto a mí como a mi hermano, que era el que se lo había comprado, nos gustaba. Era exageradamente difícil, caótico, había momentos en los que no sabías qué hacer…

Para ser sincero he de decir, también, que la primera vez que jugué a Ocarina of Time me quedé bastante desconcertado. Recuerdo que lo primero que hice al tomar el control de Link fue buscar como un loco el botón de salto… ¿Era posible que en un juego en el que había que saltar no hubiera un botón para saltar? Sí, lo era. Y a mí eso me chocó mucho.

El resultado de todo esto fue que, entre los prejuicios que tenía y lo extraña que fue mi primera experiencia con el título, el cartucho se quedó aparcado en un rincón de mi habitación desde Nochebuena hasta la gripe que me dio a mediados de enero.

Esa gripe, como todo aquello que te hace quedarte en cama sin poder hacer nada, me trajo grandes dosis de aburrimiento y tiempo libre. Justo lo que necesitaba para darle una nueva oportunidad a aquel juego que me habían regalado en Navidad y del que tan bien hablaba todo el mundo.

Y con esa gripe, yo empecé a formar parte de ese “todo el mundo” que tan bien hablaba de ese juego que me habían regalado en Navidad. Comencé a entender mejor el sistema de control, me pasé la primera mazmorra y, finalmente, llegó el momento que siempre tendré grabado a fuego en mi mente: la primera vez que salí a la campiña de Hyrule.

La mayor parte de los buenos recuerdos que hasta entonces tenía como jugador, se debían más a un “factor nostalgia” que al hecho de que lo que el juego me mostraba fuera impresionante por sí mismo. Momentos como esos sábados por la mañana en los que mi hermano y yo buscábamos la llave para llegar a la Isla de Chocolate del Super Mario World, intentábamos pasarnos el Super Mario Bros. 3 sin usar las flautas o descubríamos la forma de matar al primer jefe del Kirby sin perder ni una barra de vida. Eran recuerdos que estaban ahí porque estaban ligados a buenos momentos de la infancia (por cierto, creo que, en gran medida, ese “factor nostalgia” es una de las armas más poderosas que Nintendo tiene como compañía). Sin embargo, llegar a la campiña de Hyrule fue diferente. Me impresionó tener un mundo inmenso ante mí para explorar. Un mundo “vivo” y tan bien hecho que incluso llegaba a tener rincones favoritos por los que simplemente me gustaba pasear (algo que no me ocurre con otros juegos como el GTA, por ejemplo).

A partir de ahí, todo fue hacia arriba. Ocarina of Time enganchaba, divertía, te ofrecía algo nuevo y te sumergía en otro universo como nunca antes otro juego lo había hecho. Levantabas una piedra y había una cueva secreta; mirabas por una ventana y veías un cuadro oculto de Super Mario; tocabas la nana de Zelda con la ocarina ante un cartel roto y se reconstruía; le disparabas una flecha al sol y aparecía una nueva arma; hablabas con los personajes y veías que todos tenían alguna peculiaridad que los hacía únicos; encendías una antorcha y se abría una puerta secreta, aparecía un cofre misterioso o la sala se llenaba de enemigos… Y te hacías mayor. Y volvías a ser niño. Y veías cómo el paso del tiempo afectaba al mundo. Y luchabas contra monstruos colosales. Y resolvías puzles que te hacían sentir la persona más ingeniosa de la Tierra. Y te pasabas el Templo del Agua y te sentías como si acabases de superar las doce pruebas de Hércules. Y… Y… Y…

Y llegabas a la conclusión de que estabas ante una obra maestra. Y pasaban los años y seguías pensando lo mismo, a pesar de haber jugado a muchísimos otros juegos. Y te anuncian un remake y te emocionas y te mueres de ganas de tenerlo. Porque vale la pena. Porque es Ocarina of Time.